Por siglos hemos entendido el sexo como una díada.
Un Ying y un Yang, un hombre y una mujer, un pene y una vagina, un padre y una madre. Pero en los
últimos años la humanidad ha luchado por liberarse de esta restricción.
Hoy nos atrevemos a enunciar que el espectro entre ambos sexos es infinito, que el sexo biológico es
simplemente un punto de partida para conocer nuestra propia identidad, que no nos define más de lo
que lo hace un brazo o un ojo. Toda extremidad en nuestro cuerpo fue hecha para aprehender el mundo,
no para limitarlo.